La bióloga Mia Holl llora desconsolada la desaparición de su hermano Moritz, encarcelado por conducta antisocial, vandalismo reincidente y asesinato, cargos que lo llevaron a dar con sus huesos en el corredor de la muerte (o de la animación suspendida con carácter indefinido, puesto que la vida de todo ser humano es sacrosanta por imperativo jurídico en el futuro cercano que nos propone la alemana Juli Zeh). Su imprevisto suicidio, sin embargo, impidió que se cumpliera la pena capital a la que había sido condenado. Desde entonces acompañan a Mia «la amada ideal», una suerte de avatar espectral de la consciencia de Moritz, y el creciente deseo de arrojar algo de luz sobre los hechos que desembocaron en el precipitado final de su hermano, aunque para ello deba socavar los cimientos de un sistema empeñado en velar por el bienestar de sus ciudadanos… tanto si a éstos les gusta como si no.
Juli Zeh parte de la tendencia predominante en nuestras sociedades a demonizar cada vez más al enfermo, de quien se espera que «se cuide» en un intento por aligerar la sobrecarga que padecen nuestros ambulatorios y hospitales, la extrapola a un futuro no muy lejano y lleva al absurdo el viejo dicho de «más vale prevenir que curar». A los ojos del estado imperante en el mundo de El método, quien contrae alguna enfermedad es porque no ha cumplido con los reglamentarios protocolos de prevención y, por tanto, no debe esperar atención médica ni compasión; tendrá suerte, de hecho, si se libra de pagar una multa o aun de pasar una temporada entre rejas. Sin embargo, lejos de cargar las tintas sobre esta proyección hiperbólica de un estado dictatorial e inhumano, antes que la represión de las libertades individuales lo que investiga Zeh con implacabilidad clínica son los temas del librepensamiento y el germen de la rebelión que aparentemente albergamos todos en nuestro interior.
De este modo, por medio de flashbacks, conoceremos a un Moritz Holl extravagante, quizá incluso algo «ido», cuestionado por su hermana pequeña en su afán por buscar a la chica de sus sueños por sus propios medios en vez de conformarse con la media naranja ideal que podrían proporcionarle los motores de búsqueda especializados en compatibilidad genética. Ya en el presente narrativo conoceremos también a una Mia abiertamente «inestable», alucinada y con tendencias maniacodepresivas, una rebelde sin más causa que la pena producida por la muerte de su hermano. Alrededor de estos inadaptados, el mundo sigue girando con normalidad; después de todo, la población no tiene motivos para quejarse. Basta con acatar un puñado de simples normas para no tener que sufrir jamás ningún dolor, ningún malestar. ¿Qué es una pequeña invasión de la intimidad en comparación con semejante deseo hecho realidad? Los protagonistas de El método, así pues, se revelan como meros vehículos de un dilema legítimo esbozados a grandes rasgos, desde una perspectiva pragmática: si lo que hacemos nos perjudica… ¿por qué lo hacemos?
Es comprensible que el modelo social en el que se enmarca El método no tarde en convertirse en la estrella principal de la trama, supeditada al vigor de una idea troncal cuyas ramificaciones argumentales en ocasiones parecen tener verdaderas complicaciones para brillar por sí solas (es sintomático que el «misterio» detonante de la rebelión de Mia, el asesinato que supuestamente cometiera su hermano, termine resolviéndose de un plumazo tan previsible para el lector avezado como incomprensiblemente invisible para los personajes de la novela). Puesto que el historial de Juli Zeh permite intuir que podría haber orientado fácilmente su historia en cualquier otra dirección, cabe suponer que era su deseo consciente escribir una suerte de fábula moderna con el totalitarismo y el libre albedrío, no ya como telón de fondo, sino prácticamente como únicos impulsores de un guión que palidece frente al escenario en que se enmarca.
El carácter satírico que impregna las páginas de la novela nos remite a títulos como “Peter Skilling”, de Alex Irvine, más que al 1984 de Orwell, obra con la que se compara machaconamente El método en casi todas las reseñas aparecidas hasta la fecha. En el relato de Irvine, publicado originalmente en su antología Pictures from an Expedition y recientemente reeditado en Brave New Worlds, el imprescindible compendio de ficción breve distópica recopilado por John Joseph Adams, un hombre despierta noventa y ocho años después de que lo dieran por muerto. Este forastero en la tierra extraña que antes era su hogar descubre que la avanzada medicina del futuro le ha concedido una segunda oportunidad… pero el nuevo sistema judicial, el cual comprende la imprudencia temeraria como delito susceptible de castigarse con la pena capital, podría arrebatársela. Se trata de un cuento potente y conciso, primo nada lejano de El método, mal que pudiera pesarle esta comparación a una escritora que en 2010 no dudó en rechazar la nominación al prestigioso premio de ciencia ficción Kurd-Laßwitz por considerar que, puesto que su novela no se adhiere a ese género, tampoco sería de rigor que recibiera un galardón perteneciente al mismo. Tal vez por incuria o simple despiste, ese mismo año Corpus Delicti: Ein Prozeß se mantuvo en la lista de nominados al DSFP (Deutsche Science-Fiction-Preis) hasta que se hizo pública la resolución del jurado, el cual terminaría concediendo el premio a Karsten Kruschel por su díptico VILM (Der Regenplanet y Die Eingeborenen), una ópera espacial sin complejos.
No puedo por menos de concluir esta reseña sin elogiar la impecable traducción de Laura Manero, quien realiza un trabajo sobresaliente a la hora de verter en nuestro idioma los diferentes registros empleados por la autora, respetando siempre el estilo de Zeh (ora sucinto, ora desatadamente alegórico), sin arredrarse ante ningún juego de palabras ni tomar la vía fácil ni siquiera ante los circunloquios más enrevesados. Tanto por versatilidad léxica como por precisión semántica y corrección sintáctica nos encontramos ante un ejemplo de buen hacer francamente sobresaliente que convierte en un ejercicio placentero la lectura aun de los pasajes más áridos, y eleva a la categoría de verdadera delicia los compases mejor afinados de este moderno drama jocoso que es El método.
Tengo ganas de leerlo por ver a qué narices se refiere Julián Díez. No me creo tanta polarización en un libro que parece, así en principio, tan honesto en sus pretensiones.