Los guardianes durmientes, Luis Rodríguez Rivera

Finales del siglo XXI. La humanidad ha destruido el ecosistema terrestre, exterminado a la mayoría de los seres vivos y transformado el planeta en un lugar insano donde los mares son pura ponzoña y la atmósfera es casi irrespirable. Dos megacorporaciones controlan la sociedad y se turnan en el poder mientras combaten en la sombra por desplazarse entre sí. Hay una resistencia ecologista que apenas puede hacer nada contra su maquinaria. En este paisaje que casi nos sabemos de carrerilla, el Policía de Seres Vivos Hadam 7799 acude al psicólogo para descifrar los sueños que padece cada noche. Pero antes de que pueda hacer nada, el psicólogo es asesinado al igual que un químico con el que éste había contactado y que había dejado un mensaje en el contestador de Hadam. Por otro lado tenemos a Neus, una mujer cuya vida parece anclada en el siglo XX, a punto de suicidarse tras el fracaso de un ataque subversivo en el que ha participado y que se sumerge en los recuerdos que le llevaron a participar en dicha acción; y a Abraham, un científico encarcelado por la Corporación en el poder que intenta descubrir a cualquier precio el secreto detrás de su última investigación.

Lo más interesante de Los guardianes durmientes es la estructura ideada por Luis Rodríguez Rivera para articular la historia de estos personajes: tres hilos situados en otros tantos momentos temporales diferentes –uno de ellos, además, contado en orden inverso– que avanzan a la par hasta la mitad de la novela donde, más o menos, convergen y se dirigen de la mano hacia el desenlace. Un andamiaje bien resuelto y coherente con el argumento que forma parte fundamental de la intriga al mantener la narración en una adecuada indefinición. Además proporciona, con unos capítulos muy cortos y un acertado uso de la elipsis, un ritmo sumamente ágil. Sin embargo no se puede decir lo mismo del resto de elementos que constituyen la novela, similares al argumento que resumía al comienzo: un inmenso lugar común que hace muy poquito por dejar de serlo.

Los personajes, salvo el caso de Hadam –que recuerda a los héroes a su pesar de algunas de las mejores obras de Dick–, apenas se separan unas pulgadas respecto al estereotipo; el más evidente Protos, una IA construida con los mismos mimbres del agente Smith de Matrix traído al mundo real. La trama por la que se mueven es igual de gris que las descripciones de esa realidad, que debería ser angustiosa y no lo es. Los diálogos carecen de garra llegando en algún momento a producir sonrojo, caso del pálido intento de evocar los de un clásico del cine como Casablanca y un personaje tan recordado por su afilada lengua como Rick Blaine. Se abusa de la presencia de referentes culturales del siglo XX, muy abundantes dado el trabajo de Neus, que contrastan con la práctica ausencia de referentes de futuros que den consistencia a esa metáfora del rumbo que lleva nuestro mundo que Los guardianes durmientes pretende ser.

Al final, con estos elementos tan pobremente trabajados, lo único que queda es un thriller ligero adecuadamente hilvanado con una conclusión que requiere de una cierta indulgencia. Una novela que, además, sirve para recordar que no todas las obras de temática prospectiva publicadas en editoriales ajenas al género son orégano.