¡NINJA! ¡NINJA! ¡NINJA!

Con un Deuteronomio entero de referencias cruzadas e hipervículos, y la mochila cargada de leyenda, marchamos. A la guerra contra robots y alienígenas. A tientas, como la parca, segando rótulas de tungsteno y vapor y eviscerando xenoformas. Somos 138 —138 en el ojo del tigre— y nos aclaman entre susurros al pasar junto a las aldeas, aullidos de admiración en el ghetto, cabizbajos asentimientos al camuflarnos con el neón del centro comercial. Marchamos, siempre atentos al Código:

Protege tu cuerpo; es tu arma.
Puestos de amoníaco, tejemos una red sincrónica que rodea la estructura de celuloide mítico y nos permite llegar a la imaginación un segundo antes de que estemos ahí. Nos buscan como ejemplo de lo sublime en la Estrategia de Campaña. La garra del Dragón es poderosa en nosotros.

No sientas dolor; un arma no siente.
Nuestro rival político hunde sus raíces heteróticas en la palpitación cardiaca que Einstein padeció allá por el 1915: el análisis mercurial basado en sus ecuaciones sobre la relatividad general, dio como resultado una coincidencia exacta con las observaciones anteriores. Nuestro rival político es un Gran Hermano sutil y correcto y padre ausente y tentador y empírico. No tanto realidad como príncipe.
 
Busca la oscuridad y sé silencioso; la prudencia está en los ojos del que mira.
Marchamos. Por el no-espacio de tus noches en blanco. Por el cieno radiactivo de una demencia preadolescente. Venimos a salvarte con celuloide y página y sin artificio. Salimos de la ilustración y repartimos curas y andanadas de hostias. Guerreros cósmicos, existimos en el momento que va entre que has creído ver algo y vuelves la cabeza para comprobarlo.   
   
Los viejos caminos y los elementos son tus aliados; fúndete con ellos.

No hubo encargo alguno. Tomamos la decisión por nosotros mismos. Tenemos bien aprendida la lección: responsabilidad personal, autoconciencia subconsciente, caos.   
   
Nadie es inocente; jamás olvides esto.
Segunda ley de la termodinámica la Pólvora Sagrada entropía total siempre aumenta y shurikens en la nuca de un enemigo político es el único desenlace que cabe. Porque tu mundo es más rico de lo que crees. Sólo tienes que imaginártelo. Imaginarnos.

No dejes a nadie vivo; sólo los vivos buscan venganza o extienden el conocimiento.
Somos 138, en los intersticios de la intuición objetiva.

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La frontera del crepúsculo

El Centro Comercial había quedado en penumbra, en el límite mismo entre universos. Tanto al este como al oeste seguían alternándose el día y la noche, pero por sus ventanas sólo se filtraba al interior la luz sucia que nacía de su mezcla: un eterno crepúsculo, una promesa de amanecer que nunca terminaba de fructificar. Por puro azar, su planta se alineaba de forma tal que la Grieta lo partía por la mitad. No había ninguna hendidura visible, claro está, pero resultaba patente por la disparidad de los establecimientos que podían encontrarse a cada lado.

El Centro Comercial estaba siempre abarrotado. Las tiendas trabajaban de forma ininterrumpida, mezclándose los trabajadores del turno día con los de noche, pero cada uno en su parte; las tímidas pruebas efectuadas para contratar empleados del universo opuesto habían acabado en locura.

Los respectivos consejos de dirección se habían puesto de acuerdo para cobrar y limitar la entrada. En un momento dado sólo se admitían veinte mil clientes, que se agolpaban asombrados ante los escaparates, adquiriendo algún producto cuya utilidad desconocían o, si eran osados de verdad, escabulléndose en las salas de cine para echar un fascinado y asqueado vistazo a lo que aguardaba agazapado más allá de la penumbra. Sin embargo, en ocasiones, el visitante sentía despertar algo distinto en su interior, como un recuerdo recién formado, un anhelo antinatural. Entonces salía del Centro Comercial por la puerta opuesta a aquella por la que había accedido y desaparecía para siempre del mundo que lo había visto nacer.

Quizá la Grieta sirva para eso, para corregir algún trágico error cósmico y devolver a casa a los hijos pródigos. ¿Quién podría asegurarlo? Lo único cierto es que está allí, en la Penumbra, y cumple una función, que tal vez sea revelada cuando, por fin, despunte el día.

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Latón, grasa y fricción

El resorte libera el muelle, que impulsa al engranaje enganchado a una rodana por la que gira una banda encargada de oscilar el émbolo, que va cogiendo velocidad al entrar en la abertura debidamente lubricada, provocando la fricción suficiente como para calentar las paredes metálicas y así dilatar el conjunto, provocando un movimiento articulado y cadencioso con el que asombrar a los niños que visitan el museo, mostrándoles por primera vez el fantástico artificio del amor autómata.

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La sabiduría del pasado

-¿Kómo yeba lo de… emm… esto ké es, dididí? -preguntó a la máquina con el lápiz apuntando a la casilla que había o no de tachar.

-Dividir. Lo lleva bien. Las operaciones aritméticas simples le son conocidas y ha comprendido su necesidad para las decisiones de la vida diaria. Ya compra la cantidad correcta de fruta al proveedor, después de varias semanas de caos contable -lógico, dado el  difícil aprendizaje del regateo- que casi le hacen cerrar el negocio y morirse de hambre -informó la voz andrógina.

-i… ké kojones es lo otro ke pone akí… ¿el ajorro?

-¿Se refiere usted al ahorro?

-Tú savrás, no tá klaro. El ajorro. El aorro. Llo no lo he divujao.

-Ese ideograma que está señalando (el quinto de su minilenguaje) es el ahorro. Eso ya lo aprendió el sujeto en su anterior viaje en el tiempo a la postguerra civil española. Con resultados encomiables y prometedores a la hora de encontrar soluciones creativas a situaciones complejas.

-Soi la putta hama, tía: te se olbidaría decilme que lo markara la última bez. Güeno. Aber… -Revisó un par de pantallas más de su lista de comprobaciones, acariciando con el lápiz el aire, que su ordenador corporal iluminaba con símbolos grandes delante de su nariz-. Sí. Kedava la mierda ésta de la kapazidá de eksp… ekspppr…

-La capacidad de expresión. Una competencia transversal de nivel medio-bajo, imprescindible para comunicarse con otros agentes inteligentes y transmitirles sentimientos y conocimientos con precisión y eficiencia. No hay sentido común ni creatividad sin capacidad de expresión.

-Lo ke digas, shorva.

-El sujeto aún no se ha enfocado en esa habilidad. ¿Desea usted una planificación?

-Lla me la puedes ir soltando, ke pa eso te tenemos enzenduba.

-Se la resumo: teniendo aún dos años para cumplir una mayoría de edad aceptable de quince podríamos enviarlo todavía a Inglaterra, 1601, como miembro de la compañía teatral de William Shakespeare. En dos años podría no sólo haber adquirido una buena capacidad de expresión, sino terminado de dominar el inglés, que dejó a medias en su breve estancia de aprendizaje crítico en Five Points de 1840 (tiene cierto deje irlandés que convendría pulir, si me lo permite, aparte de las cicatrices). Le vendría bien para interactuar con nuestros registros internos en el futuro.

-¿Shispi? ¿Komo el del güeb-konkurso de tías jotys?

-William sería una excelente influencia en cuanto a la capacidad de expresión en lengua inglesa, pero no lo concibo en la situación que usted trata de mencionar.

-Mmmm…

La mujer desplazó el lápiz sin punta por el aire dando un par de golpes más, como al azar, hasta que pareció quedar satisfecha.

-Oquei maquein. Sákalo de Tánjel.

-Tánger.

-…Eso dezía, no me tokes los jobarios. Sákalo de la kosa ésa, la frupedía de Tánjel.

-Frutería.

-…y shápalo con el Shispi el rato que dizes. Kuando buelba me trollas si ha ido vien, ke le damos el kargo en lo ke se yeba meter un puto deo en el hojo. ¿Lla savrá todo, no?

-En esa fecha su formación se podrá considerar completa para su entrada en el cuerpo funcionarial de tecnócratas, sí. Conectarlo a las máquinas y proveer de sentido común y capacidad de decisión en asuntos sociales humanos a nuestro sistema optimizador mundial debería ser la consecuencia lógica de su adiestramiento.

-Tronka, olle, ke me kalientas.

-Lo siento, señora Altezaministra de la Unión Bihemisférica.

-Ea, ke me voi a la plalla ke me canso de avlar tanto. No te se orbide ná de lo ke te e ordenatu, ¿eh?

-Le doy la seguridad más absoluta de que

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Juego de dioses

Algo parecido a un gran cometa de larga cola choca contra Zland, el planeta blanco, el cual por el gran choque sale de su órbita despedido a toda velocidad, recorre vertiginosamente el espacio y choca con Marte, el planeta rojo, el cual a su vez sale de su órbita bruscamente, recorre aceleradamente el espacio y se precipita por fin en el interior de un gran agujero negro.

-BUEN TIRO –dice una voz.

-LA BOLA AZUL AL MISMO AGUJERO –indica otra voz mientras pone algo de tiza en la punta de su taco.

Tras prepararse, impulsa el planeta blanco con fuerza, el cual impacta con la Tierra, el planeta azul, que se sale de su órbita, recorre vertiginosamente el espacio y se precipita finalmente en las profundidades del agujero negro.

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Hijo del hombre

El hijo del hombre se fabricó con trozos de niños muertos, producto de la matanza de los santos inocentes. Manos piadosas cosieron con dedicación cuerpos carentes de riñones a cuerpos carentes de intestinos, en una aglomeración sudorosa de pequeños sistemas unidos, compartiendo una misma vejiga, dos corazones, un recto, y muchas bocas murmurando ruegos, clamores y susurros al unísono.

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Querido Carlos

Querido Carlos:

Te escribo esta carta con tristeza y amargura, sentimientos que sé que compartirás al leerla. Duermes a mi lado con ese sueño profundo que tan adorable me parecía antaño y ahora me revuelve las tripas. Sé que cuando despiertes descubrirás la carta sobre la mesilla y, sin dudar un segundo, la cogerás y la sostendrás frente a ti con una mano. La leerás deprisa, presa de la histeria, pues siempre te ha costado dominar tus nervios. Yo esperaré aquí, a tu lado, en silencio, como siempre he hecho, hasta que termines de leerla. Después, sólo Dios lo sabe.

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El desván de la tía abuela

La tía abuela me había dejado todas sus cosas, excepto la casa que las albergaba. La anciana que había compartido casa con ella y que se había quedado como única propietaria se mostró amable conmigo, de esa manera tan característica y caricaturizada que uno esperaría de una solterona ya entrada en años, con leche y galletas incluidas en una impecable y soleada cocinita. Luego me acompañó hasta la puerta del desván, dentro del cual la tía había amontonado sus pertenencias, léase trastos, a lo largo de los años. No faltó el tómate todo el tiempo que quieras, jovencito dicho con voz cascada y con un cierto tinte ominoso, antes de bajar las escaleras y dejarme allí sólo plantado y sin saber muy bien qué hacer. La puerta se abrió con un chirrido, cómo no. La luz que se filtraba a través de la ventana sucia y cubierta de telarañas iluminaba un paisaje aterrador, compuesto por montones de cajas de cartón que yo debía revolver en busca de trofeos. Con la intención de no ofender la memoria de la tía abuela, ni de mi encantadora anfitriona, decidí coger lo menos asqueroso que encontrase a primera vista y bajar con ello. Sin embargo no me seducía demasiado la idea de meter mis manos entre todos esos acumuladores de polvo y excrementos de rata. Desde que había dado el primer paso dentro del desván no había dejado de oír, ¿o quizás de imaginar?, ruidos de pequeñas zarpas sobre el suelo de madera. Estornudé varias veces seguidas antes de animarme a explorar. También había notado un cierto tufillo que mi mente asociaba a carne descompuesta, tal vez alguna rata muerta, aunque nunca antes había olido un cadáver, si descontamos algún que otro filete pasado. Acabemos con esto cuanto antes, me animaba a mí mismo. Por fin vi algo que me interesaba y sin necesidad de escarbar entre la basura, pertenencias, de la tía. Un majestuoso aparato de radio de principios del siglo XX, como tarde, se erguía en un rincón, cubierto de telarañas y polvo, como tenía que ser. Recordé mi niñez y esa avidez por desmontar todos los aparatos que llegaban a mis manos, afición que me hizo comenzar, sin demasiado éxito, la carrera de ingeniero. Debía de estar llena de válvulas de vacío, nada de transistores o de microchips. No pude contenerme. Tenía que abrir esa maravilla. La levanté no  sin esfuerzo y la dejé en un espacio vacío debajo de la ventana. Saqué mi navaja multiusos con su pequeño destornillador y arrodillado en el suelo, ya no me importaba la mugre que pudiese llevarme conmigo, me dispuse a desentrañar sus misterios. Tan absorto como estaba no me di cuenta de que el olor se había agudizado, no antes de levantar la tapa y ver con horror lo que había dentro. Tenían que haber muerto de hambre, abandonados allí, relegados al desván por mi tía gracias a los adelantos, la tele en color y similares. El tufo no provenía de los cadáveres de los pequeños músicos, ya que no quedaba carne que pudiese oler, sino más bien tiras de piel apergaminada cubriendo los huesos, momificación producida por el paso del tiempo y del lugar cerrado. El olor venía de un ratón que no sé cómo había entrado allí con la intención de roer los huesos o de jugar con los muertos, no sabría decirlo. Volví a atornillar la tapa. Dejé el aparato de radio en su sitio y me limpié, como buenamente pude, la suciedad acumulada en mis pantalones. Cogí un trofeo de baloncesto que había ganado un primo mío, al que apenas había visto un par de veces y que ya hacía años que había muerto en un accidente de coche, y salí de ese desván.

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